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De haber contado con todas las posibilidades para practicar
las pruebas de velocidad pura en el atletismo, su deporte favorito,
nadie sería capaz de imaginar hasta dónde habría
llegado este hombre negro y pobre, oriundo del Camagüey
legendario y que vio la luz el cinco de agosto de 1919.
Discriminado, vejado y con hambre, llegó al deporte en
su terruño cuando apenas había cumplido los 20
años de edad y lo hizo en salto alto, donde logró
brincar hasta 1,88.
Pronto descubrió sus dotes naturales para la velocidad
y contra todas las vicisitudes comenzó a abrirse paso,
gracias a sus excelentes facultades.
Se erigió campeón de los 100 metros lisos en los
Juegos Centroamericanos realizados en Barranquilla'46, Guatemala'50
y México'54. Así rubricaba una de sus grandes
hazañas.
Tuvo el honor, mediante la realización de rifas y colectas
públicas, de competir en los Juegos Olímpicos
de Londres'48 y Helsinki'52, donde se convirtió en el
primer cubano que llegaba a una final de los 100 metros en un
certamen de esta naturaleza.
Su paso por los Juegos Panamericanos fue rutilante. En la primera
versión disputada en Buenos Aires'51 sorprendió
tras lograr alzarse con las medallas de oro en las finales de
100 y 200 metros. En las siguientes confrontaciones, en México'55
y Chicago'59 fue el mejor en el hectómetro.
Lo más conmovedor ocurrió a su retorno de Argentina.
Fue víctima de una injusticia que todavía hoy
se recuerda cual mancha del deporte antes de la Revolución.
Tras llegar victorioso a Cuba no le rindieron los homenajes
que merecía y, para colmo, cuando quiso volver a su trabajo
como jornalero en Obras Públicas, se encontró
que por ausentarse a competir lo habían dejado cesante.
Se marchó triste, con sus medallas de oro en un bolsillo
y la incertidumbre de un futuro incierto.
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